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Nueva York. Skyline. En un gigantesco loft, maravilloso, imposible para cualquier periodista chicharrero, el editor de un exitoso programa de noticias en una cadena cualquiera, decide, tras una bronca amable, pero bronca, de su editora, en la que le pide que deje de hacer el periodismo que le ha dado su actual posición de supremacía y que cambie de estilo y le reclama apasionadamente que le diga si está dentro o si está fuera, o para que nos entendamos, o que siga realizando un periodismo complaciente, centrado en las audiencias en su caso o el que se centra en las noticias, las grandes ausentes de cualquier medio que se precie, por lo menos en los tiempos que corren, noticias elaboradas y luego entregadas a la opinión pública, sin insultar su inteligencia. El editor tras pensárselo, dice que está dentro y pronto comienzan los problemas con la propiedad y todos los follones anexos, en esa dialéctica, que oprime a todo periodista que se precie entre lo que debe decir de acuerdo a su conciencia y lo que marca las reglas del oficio o las conveniencias sociales, económicas y políticas. Está claro que el mensaje de esa serie norteamericana que uno devoró con pasión en su estreno, Newsroom, ahora pasado un año, se ve bastante pueril, floja, demasiado idealizada y con poco anclaje en la realidad pura y dura de los que deciden meterse en este apasionante pero muy deprimente oficio llamado periodismo. Es más, es mucho más cercano a lo que nos compete en esta crónica, los momentos periodísticos de House of Cards, que toda la fracasada y ya olvidada primera temporada del invento de Aaron Sorkin. Pero debemos bajarnos de esta nube televisiva y de todo lo que ocurre en el periodismo anglosajón, que debe ser más terrorífico que el que nos ha tocado vivir en esta Isla, para acercarnos al mundo mediático tinerfeño, ansioso y necesitado de una crónica que ponga a todos y a todo el mundo en su sitio, tanto a los periodistas como a las empresas donde éstos desarrollaron (los que ya no están o fueron despedidos) sus trabajos. Y debemos hacernos la misma pregunta, que es lo que nos une a todos los periodistas del mundo, ¿estamos dentro o fuera? Mirando ahora el campo o mejor como diría Quevedo, el corral, casi todos los periodistas y medios están fuera de su papel, de lo que es esencialmente esta profesión, donde la noticia hace años que habita el país de los cucos y donde los ciudadanos no ven lo que realmente pasa a su alrededor ni de lejos, totalmente ajenos a los verdaderos motores de la vida, por decirlo de alguna manera y que al modo de la caverna de Platón, alimentados de mitos y sombras, mientras los que ven, los que saben, siguen ocultos y haciendo de las suyas, sin temer demasiado a que se les derrumbe el tinglado. Conste que esto nada tiene que ver con la consabida y manida teoría que usan mucho políticos, abogados, periodistas que ya no cobran ni trabajan y luego numerosos ciudadanos que no se molestan en dudar de lo que les ofrecen, de una conspiración, de un régimen, que siempre encarnan los mismos, que tiene millones para comprar a diestro y siniestro y que copa y coarta a los medios para que publiquen cosas. Todo ese mundo con el que conviven los periodistas cuando salen a la calle, es bastante pueril, ingenuo y simplón, tanto que uno se sorprende cuando se sienta en un café y escucha como alguien ha mandado un comunicado y dice que no se lo han publicado porque el alcalde de Santa Cruz llamó al periódico y dijo que no lo hicieran, porque sino les cortaba las ayudas. Cosas más delirantes se han escuchado a lo largo y ancho de la geografía insular, de todo calado, condición y pasmo, pero al final es ruido, puro ruido, que contamina y no deja ver realmente lo que hay, que es mucho más triste, prosaico y gris que toda esa mitología barata que rodea a los periodistas, aunque tramposa y que es una de las tentaciones en las que se suele caer, sino se tiene la mente bien fría. Como no tenemos ni sociólogos ni psicólogos, ni nadie disciplinado y tecnificado que haya dedicado un estudio al periodismo más contemporáneo, ese que podemos centrar a inicios de los años noventa, época dorada, por llamarla de alguna manera, aunque es mejor llamarla perdida, hasta nuestros dramáticos días, pues tiene uno que ocuparse de esbozar una simple crónica, necesaria por otro lado, de la caída y decadencia del periodismo tinerfeño, que a pesar de los vaivenes, siempre se ha mantenido en los mismos niveles de complacencia y de estar fuera, sin que se haya producido ni un referente, ni siquiera un maestro que hubiera por lo menos conseguido sorprendernos, guiarnos y producir los cambios que nos hubieran sacado de la atonía y mediocridad en la que nos hemos desenvuelto desde aquellos años en los que habían medios o mejor empresas, que aunque pagaban mal a la tropa, por lo menos tenían tranquilas sus cuentas de resultado o eso parecían, con la excepción de La Gaceta de Canarias, donde los empresarios más parecían Piratas del Caribe que buenos gestores, produciendo luego la ruina que se llevó esa marca y su recuerdo. Los periodistas que trabajaban en los cuatro periódicos que en los años noventa, tenían enfrente como modelos a los que se formaron en los duros tiempos del franquismo, la transición y luego la democracia, periodistas de los que uno intentaba aprender algo, pero que ellos jamás se molestaron en transmitir o por lo menos plasmar en libros, manuales, doctrina, algo a lo que agarrarse y que solamente hacían a lo bestia en las propias redacciones, donde eran tus compañeros, a los que a base de golpes les habían enseñado los rudimentos del oficio, los que se encargaban de esa noble tarea. Ya en aquel tiempo, se consideraba el culmen de la prensa escrita, el periódico El Día, donde gobernaba de manera muy peculiar, Ricardo Acirón, acompañado de periodistas tan curiosos como Julio Plata, Joaquín Catalán y otros tantos que uno ya no recuerda, donde la difusión y los buenos sueldos, tapaban cualquier deficiencia informativa o en su caso, estar del lado de los que siempre han mandado en esta isla y no producir como decíamos, noticias o posturas periodísticas enfrentadas al poder. Y tras El Día, hablamos de prensa escrita, pero esta claro que lo mismo se puede decir de la Radio y la Televisión, pero eso en otro momento, le seguían Jornada, que era un periódico satélite, pero tenía cierta entidad, un curioso experimento de la editora del periódico, Diario de Avisos, donde gobernaba Leopoldo Cabeza de Vaca, un curioso personaje, muy paternal, pero muy frío y con una también peculiar manera de entender el periodismo y responsable, porque ese periódico no ha dejado de estar influenciado por su estilo, de su manera de entender la realidad y de afrontar sus relaciones con el poder, siendo uno de los que más y mejor se ha dedicado a un vasallaje, indigno pero que le ha permitido aguantar hasta el día de hoy y capear la crisis, ya sin periodistas de raza, pero intentando cubrir el expediente, que no es poco. Luego La Gaceta de Canarias, con directores tan faunísticos como Jorge Bethencourt (Carchaderon Carcharias Pastuqui), Enrique Rey Pitti (Comadreja Miedosus Indignus) o el más singular y terrible de todos, Andrés Chaves (Ratonibus SoplaBilletus Maximus) que ahora da clases de periodismo a diestro y siniestro, pero que en aquel entonces una caja de sorpresas diarias en cuanto a portadas, noticias, confidenciales, titulares y sobre todo un delirante modo de torcer todas las reglas que aunque pocos respetan, marcan los límites de este oficio. Y finalmente La Opinión de Tenerife, que llegó la última, que quiso revolucionarlo todo, pero que tampoco pudo escaparse de la atonía y mediocridad universal y que ahora es una pálida sombra de lo que fue en su día. Allí reinó Paco Cansino, un periodista de los de antes, pero que se fue antes de tiempo, junto al más abisal, al más siniestro de los profesionales que han tenido poder en esta tierra y que todo lo que subió en su día, ahora lo ha bajado con la misma rapidez, llamado o al menos eso dice él, Paco Pomares, paradigma de lo mejor y lo peor del periodismo chicharrero. Toda síntesis traiciona lo que significaron estos nombres y sus gestas, pero está claro que no hicieron bien las cosas, porque años después el panorama es desolador y como nadie les ha exigido, como otros en otros ámbitos, responsabilidades, siguen ahí, pontificando, contando lo mismo, pero todos fuera, no dentro, sin sacar noticias, que, no nos cansaremos de decir que es lo que distingue a un buen periodista del resto, noticias que digan lo que pasa en la calle, que ofendan a los que quieren silenciarlo todo y que marquen y creen opinión y sobre todo que convulsionen y cambien la realidad. Toda una generación de buenos periodistas, que podían haber conseguido mucho, si los hubieran dejado las empresas en las que trabajaron, fueron triturados por sus antecesores, maestros de todo y de nada, que se acomodaron, acabando muchos de ellos abrazados y sometidos al poder que ha gobernado estas islas con mano de hierro. Ningún medio ha tenido una estrategia empresarial independiente, ni siquiera El Día, que ahora está en guerra con Presidencia, pero por razones que nada tienen que ver con el buen periodismo que nos marcan otros países y otras referencias, por lo que no se ha podido construir un medio que combata, que sea libre y que sea además el altavoz de la sociedad en la que vive y se manifiesta. No ha sido posible. Todos hemos transigido con esta mediocridad insultante y permitimos, cada uno con sus consabidas complicidades, que cada día, nos durmamos ante los periódicos de papel y digitales, todos obsesionados con el mismo modelo de los años noventa, que sigue invariable y manteniendo ese milagro en Canarias de una oligarquía, la misma, inalterable, que cada cuatro años, recibe además la bendición de los ciudadanos. Y como es necesario que nadie sobresalga o que marque el nuevo camino, retamos a todos los lectores de prensa, escrita y digital, que analicen detenidamente cada producto y que sopesen si realmente están informados de lo que pasa en Tenerife, que no sea lo que determine la oficialidad. Hagan la prueba y sobre todo observen como se escribe, porque como dicen muchos ilustrados, el hombre se hace por medio de su lenguaje y la suma de todos los hombres y su lenguaje, hacen a la sociedad en la que conviven. La pesada sombra de un Karl Kraus puede darnos algunas herramientas que nos permitan apreciar si este periodismo tinerfeño es bueno o malo, o está a la altura de otros modos de escribirlo en otras comunidades autónomas o en otros países. Un consuelo es ver la decadencia insultante de El País, en el que por cierto, sigue un gran superviviente, Juan Cruz, que tampoco ha estado a la altura de las circunstancias, porque es un auténtico peñazo y sus novelas sobre periodistas o mejor sobre él mismo como periodista no hay Dios que lo aguante. Es más pueden apreciarlo y terminamos este pequeña glosa sobre un asunto candente y preocupante, en esos diálogos que él mantiene con otro periodista, Juan Manuel Bethencourt, todos los domingos en ese ladrillo llamado Diario de Avisos, que hace años, decidió claudicar y hacer todo lo contrario a lo que se esperó de alguien tan prometedor y que como los viejos, decidió que era más importante influir en quienes siempre han influido o mejor, convertirse en uno de ellos, que sus congéneres descubrieran a que han jugado siempre, por eso, podemos señalar sin lugar a dudas, que pocos o mejor ninguno, está dentro y que todos los que se dedican a este oficio, jamás, jamás, harán nada que se asemeje a un cambio radical, a algo parecido a lo que ahora estremece a Turquía, donde los ciudadanos demuestran que los medios no están con ellos sino con sus opresores. |
Saturday, June 8, 2013
Posted by Unknown |
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