Tras escuchar, leer y analizar los argumentos de mucha izquierda ante las peticiones de algunos pocos que hemos querido confluir en un proceso de unidad, sólo me queda por decir lo siguiente:
La política se hunde y nos hunde. Yo ya no espero que cambien las cosas de este país. Los impedimentos no están en la piel sino en la médula. Así, España, la España de arriba por unas razones y la de abajo por otras, bulle convulsa y desquiciada. Y así será por siempre, con altibajos, pero siempre será lo mismo.
Esto de la unidad de la izquierda en este país es una "quimera" de los dioses, como en la antigua Grecia, mientras se siga invocando esta UNIDAD a través de Partidos Políticos. Los partidos políticos parece que son sectas, donde los personalismos de sus dirigentes mandan y deciden sobre los deseos de las bases (el colmo del absurdo, una vuelta de tuerca al involucionismo). ¿Invocarán quizá estos "señores o señoras responsables" en los grupos de izquierda a la "meritocracia" a la que tanto alude la derecha para justificar enchufes, vividores y mamandurrias por doquier? ¿En qué se diferencian entonces los unos de los otros? No señores, no. Así, de esa manera, conmigo no cuenten. El único mérito válido es el TRABAJO. Lo demás es intrusismo.
El problema de la izquierda reside en la izquierda, no en la derecha.
Los problemas de la izquierda española ni tan siquiera residen en esos indecisos que, a veces votan y a veces no votan; y que a veces votan por unos y otras por otros (diestros o siniestros). Esa gente sin ideología o sin un pensamiento o intereses definidos hacia un lado o hacia otro de la balanza política no debe de preocupar a la izquierda. A la izquierda sólo le debe de preocupar su trabajo, sus actividades, aquellos actos, propuestas y proyectos en los que vuelca sus tareas. Nada más que eso, el resto vendrá como premio a ese esfuerzo.
La izquierda no precisa de líderes sino de "dirigentes". ¿Y cuál es la diferencia? Losdirigentes son elementos humanos sometidos a la democracia interna de sus grupos políticos u organizaciones sociales, se eligen en asambleas democráticas. Los líderes son elementos seleccionados por las cúpulas de los partidos para servir de cabeza visible del poder de esos mismos grupos, su selección, por tanto, no es democrática ni asamblearia.
Pero los dirigentes de izquierda españoles, allá donde poseen responsabilidad representativa (Comunidades Autónomas, barrios, pueblos, ciudades, etc), parece que no entienden que son dirigentes, y se creen por tanto líderes. Por ende, sus reflexiones y manifestaciones públicas, sus planteamientos oficiales, sus decisiones dentro de su organización política no pueden ser ejecutadas de manera unilateral, unipersonal, sino que tienen que ser consensuandas, incluso en asambleas dentro de las comisiones ejecutivas del partido. De lo único que es dueño y amos un dirigente de izquierda es de su vida particular; todo lo demás no le pertenece, ya que, en caso contrario, dejaría de ser un dirigente de izquierdas para transformarse en un lider de derechas.
Si este país en conjunto (o las partes de sus confines por separado, desean avanzar), y puesto que no hay espacio para el socialismo real por la hipnosis del señuelo de las libertades formales aunque sólo sirvan para lamentos, no queda otro remedio que expulsar de la política, de la empresa, de la banca y de nuestras vidas a todos estos malhechores y falsarios (los de arriba y los de abajo, los de derechas y los de izquierdas). Y luego organizarnos de nuevo, como hordas que han de convivir desde el principio de la historia.
Hemos regresado al franquismo por imperativo legal de la derecha y su mayoría absoluta (por castigar a los UNOS nos hemos flagelado nosotros mismos), pero debemos regresar a los principios de la Historia para poder solventar este problema profundo de rencores y de protagonismo de esos que se dicen de izquierdas, pero que cada uno va a su bola, con su cruz, como los bárbaros que se dividían en tríbus distintas y separadas y que acabaron, a base de incursiones, con el Imperio Romano.
Los que se excusan sin que nadie se lo pida, se acusan. Y esos, conmigo que no cuenten. Yo también cargo mi cruz, pero con la diferencia que yo nunca he pretendido que otro u otra la carge por mi, sino, muy al contrario, lo que hemos querido desde aquí es que todos juntos carguemos la misma para aligerar este tremendo peso que suponen los recortes, el neoliberalismo, la pérdida de derechos, la caída de nuestras pensiones, de nuestros salarios, el paro y la miseria.
Parece que todo este esfuerzo es en vano. Pues que cada uno cargue con su cruz, como los Bárbaros cargaban sus estandartes.
José Ramón. ©

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