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La Semana Santa es tiempo propicio para el cambio de una era a otra, para hechos que marcan un antes y un después en sus respectivos ámbitos. Así, fue en Semana Santa, concretamente un sábado, cuando Adolfo Suárez legalizó el Partido Comunista y escribió así una página clave en la Transición. Y ha sido esta Semana Santa, concretamente el pasado miércoles, cuando el gobierno de Canarias ha tenido la valentía de poner fin al reino de taifa en que se había convertido Cajacanarias bajo el mandato de Álvaro Arvelo. Evidentemente hay mucha distancia entre ambas decisiones pero no es secundario que, tras más de una década de dejación en sus funciones de tutela de las cajas de ahorros, el ejecutivo haya hecho sus deberes y ponga orden en lo que iba camino de ser un coto cerrado, un búnker desde el que seguir influyendo en la vida política, económica y social de Tenerife. Los hechos son, sucintamente los siguientes: 1) Árvelo y compañía tenían a la clase política a sus pies, como demostraron con aquella bochornosa sesión del Parlamento para cambiar la ley de cajas y permitir que se eternizara en la presidencia ejecutiva de la entidad; 2) esa Cajacanarias que se creía intocable y superior despreció una alianza con La Caja y se embarcó en una integración bancaria convencida de que podía seguir sin supervisión alguna y, encima, dando lecciones financieras al resto; 3) nació una Banca Cívica que creyó tocar la luna inaugurando incluso oficina en Washington con la infanta Cristina -sí, la doña de Urdangarin- como madrina; 4) aquellos sueños de grandeza dieron paso a una pesadilla en forma de desplome de Banca Cívica, despatrimonialización de las cajas integradas y, finalmente, absorción por parte de La Caixa; y 5) son tantas las dudas legales sobre lo ocurrido, que la querella presentada por UPyD ya se tramita en la Audiencia Nacional, con un listado de seis presuntos delitos atribuidos a todo el consejo de Banca Cívica, una relación en la que Arvelo aparece en lugar destacado como vicepresidente que fue del banco. Murió así Cajacanarias, perdió el archipiélago musculatura y autonomía financiera y cientos de empleos se han visto obligados a una salida forzosa, pero ni por esas asumieron su responsabilidad los autores del desaguisado. Podían haber optado por una salida por la puerta de atrás, sin hacer ruido; prefirieron sin embargo una huida hacia adelante y así Arvelo y compañía jugaron a constituir atropelladamente una fundación bajo la creencia de que, una vez más, ningún gobierno iba a tener la osadía de pararle los pies. Hasta que llegó ese Miércoles Santo que marca el fin de una era: la del espeso silencio en torno a Cajacanarias y quien la controló como si fuera su patrimonio. Doy por hecho que en breve saldrán como fieras aquellos a quienes tan generosamente alimentó Arvelo, esos a los que solo les faltó proponerlo como sucesor de Benedicto XVI. Pienso, por ejemplo, en El Día de José Rodríguez y su dúo de cortesanos –Chaves y Peytaví–... Claro que defensores como esos, definen a la perfección por qué resulta tan higiénica la decisión que tomó el gobierno. (*) Director de Canarias 7 |
Saturday, March 30, 2013
Posted by Unknown |
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