La gente sabe que la corrupción viene de regalo con la vida, como el amor. En la política no tiene por qué ser diferente a otras actividades. En el mundo del periodismo, de la universidad, de la medicina, de la fontanería o de la profesión que elijan, existe corrupción porque atrae a personas dispuestas a sacar el máximo provecho individual de su posición profesional por cualquier medio necesario, legal o ilegal.
En la política también se cría corrupción, porque siempre hay y habrá un porcentaje de individuos dispuestos a beneficiarse de una posición institucional que les faculta para repartir dinero y favores. No es que la política genere corrupción. La corrupción viene de serie con el género humano.
A la gente le escandaliza la corrupción en la política. Pero lo que realmente le está cabreando ahora es la sensación de impunidad que acompaña a la corrupción política.
Siempre hay un matiz, un detalle, una coincidencia, una casualidad, una circunstancia, una menudencia o una carallada que les libra de la pena, o de cumplir sentencia, o de devolver lo que se hayan llevado, o de no poder volver a presentarse en su vida a unas elecciones. La suerte no solo favorece a los audaces, como pensaba Virgilio. En España, favorece sobre todo a los corruptos. Es como en las películas, son los intocables, la liga de los corruptos extraordinarios.
Si es usted exyonki, ha rehecho su vida y ayuda a otros drogodependientes pero tiene una condena pendiente por mover unos gramos de caballo, para que se ocupen de su caso deberá movilizar a toda su ciudad y su padre habrá de salir desesperado muchas veces en la televisión. Si es usted una madre que deba cumplir condena por robar unos pañales, su mayor esperanza de justicia reside en los realities de la televisión. En cambio, si es usted un exalto cargo que ha malversado, o prevaricado, o traficado o cohechado, no se preocupe. Siempre le quedará algún tribunal para arreglarle la pena, o un Gobierno para indultarle. Antes de la cárcel solo se libraban los señoritos. Ahora siempre se zafan los políticos eximportantes.
La sentencia de Jaume Matas confirma esa percepción tan mayoritaria como corrosiva para la democracia. Puede que en el caso Palma Arena no concurriera malversación y prevaricación como sentencia el Supremo, contradiciendo el bien fundado criterio de la Audiencia de Palma. Pero hay algo que concurrió seguro: iba a valer 49 millones, costó el doble, sirve para nada y solo tiene una explicación: corrupción masiva. La misma corrupción que, otra vez, se marcha con el castigo que se impone a los niños cuando no quieren acabarse la leche.
Solo es casualidad. Pero parece un aviso. El mismo día que el Supremo rebajaba la sentencia de Matas, la Audiencia de Palma condenaba a Maria Antonia Munar, la expresidenta del Parlamento balear, a seis años por prevaricación y fraude en la venta de un solar público. Sincronicen sus relojes, a ver cuánto tarda en escaquearse.
ANTONIO LOSADA.-
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